Semana en Tenerife (febrero, 2020)

¡Por fin os puedo traer el resumen de mi viaje a Tenerife! Un mes después, pero más vale tarde que nunca. Mi semana en la isla comenzó con una larga lista de lugares que visitar y un intento de organización para no perdernos nada. Aunque hasta que no llegamos al hotel y nos instalamos, no pudimos ver con perspectiva esa organización. Tuvimos que adaptarnos al tiempo que haría cada día y a nuestro cansancio. Así pues, decidimos dividir la isla en seis partes desde el norte, que es donde nos alojábamos. Antes de explicar los recorridos de cada día, lanzo una recomendación: lo mejor es alquilar un coche para toda la estancia y hacer las rutas a tu gusto. Es una opción más barata y, desde mi punto de vista, más cómoda para conocer todo el territorio. Nosotros nos decantamos por la compañía Cicar y la experiencia ha sido muy buena.

Jardín botánico

Día 1

Llevábamos despiertos desde la madrugada anterior, así que cuando llegamos a Tenerife a las 8 de la mañana solo queríamos comer y dormir. En el aeropuerto, cogimos el coche alquilado y nos pusimos rumbo al Puerto de la Cruz, en el norte, donde teníamos el hotel. Nos alojábamos en el hotel Masaru (***) y, mientras nos daban la llave, decidimos buscar alguna cafetería para desayunar y hacer tiempo. Elegimos la cafetería Intermezzo, que servía sobre todo desayunos ingleses. También dimos un paseo en coche por la zona de Martiánez. En cuanto al hotel, no tengo nada malo que decir. Eran apartamentos con cocina, bien equipados y disponibilidad de contratar el bufet para desayuno, almuerzo y cena. Nosotros teníamos el desayuno incluido y reconozco que era nuestra comida favorita del día. Como estábamos cansados y no queríamos alejarnos mucho, pasamos la tarde en el jardín botánico. Este lugar está lleno de plantas propias de las islas y otras exóticas. Es una alegría entrar y poder respirar otro aire diferente; en cuanto te adentras en la vegetación, notas el cambio del clima a tu alrededor. La entrada cuesta solo tres euros.

Masca

Día 2

Para el segundo día, quisimos ver el noroeste tinerfeño. La primera parada fue en Icod de los vinos, donde se encuentra el Drago milenario. Para poder verlo de cerca, hay que visitar el Parque del Drago (la entrada cuesta siete euros), que está justo enfrente de una plaza preciosa, a los pies de la iglesia de San Marcos. La entrada es por una casa señorial, por la que bajas al jardín y te encuentras un patio lleno de productos locales (mermelada de higo, mojos, vino, etc.) y un montón de mesitas en las que puedes sentarte a respirar un aire húmedo y dulce. En el mismo patio está la puerta de entrada al parque y, a partir de ahí, se abrió un mundo de plantas y animales que superó el del jardín botánico del día anterior. Es enorme y está dividido en secciones; mi parte favorita fue la de plantas aromáticas y curativas. Durante el recorrido te vas encontrando con carteles que hablan del lagarto gigante, de las carboneras y hasta hay una cueva en la que puedes entrar y ver la reconstrucción de un rito funerario de hace cientos de años. De los setos te van saliendo diferentes aves y vimos una familia de pollitos que perseguían a su madre mientras buscaba comida.

Parque del Drago visto desde la plaza de la iglesia de San Marcos

Además del Drago, Icod de los vinos tiene la Casa del plátano y el mariposario que, por falta de tiempo, no pudimos visitar. La segunda parada del día fue Garachico. Este pueblo fue sepultado por la lava de la erupción del volcán Trevejo en 1706. Como consecuencia el puerto quedó destruido, junto con la importancia que tenía Garachico en Tenerife. En nuestros días, con la ciudad y el puerto reconstruidos, podemos disfrutar de una playa llena de piscinas naturales, formadas con roca negra. Visitamos también el parque Puerta de la Tierra, que conserva la entrada del antiguo puerto sepultado, por donde pasaban todos los comerciantes y las mercancías. Además, está adornado con placas de algunos poetas. Para comer, nos decidimos por La almena de San Miguel, el sitio donde probé las mejores papas arrugás de mi paso por Tenerife (y eso que probé este plato en todos los restaurantes a los que fui). Es un restaurante muy recomendable, además de por su comida, por las vistas que tiene la terraza donde está situado: tienes la playa a tus pies.

Acantilado de Los Gigantes

Después de comer, pusimos rumbo a Masca, un caserío perdido en lo alto de una montaña al que solo se puede acceder por una carretera con doscientas curvas cerradas. Siempre me ha dado miedo la carretera y, si no la conozco, más aún. Pero si quería disfrutar de Tenerife, tenía que aguantarme porque la mayoría de lugares dignos de visitar estaban después de una carretera de montaña. Conforme vas subiendo, se puede apreciar cómo cambia el clima; empiezas a notar la bruma a tu alrededor y, cuando miras abajo, ya no ves absolutamente nada más que nubes. Por el camino, paramos para ver los acantilados de Punta de Teno. Espectacular. La isla está llena de sitios altos desde los que puedes apreciar el mar y las otras islas; Punta de Teno es uno de los indispensables. Una vez que llegamos a Masca, pudimos pasear por el caserío y tomarnos un café con unas vistas increíbles. El último sitio de la lista era el acantilado de Los Gigantes. Allí en la playa que hay bajo los acantilados, se encuentra el rompeolas, donde hacía un viento de locos y donde vimos el primer atardecer en la isla. Sin duda, otro lugar que no puedes obviar si viajas a Tenerife.

Vista desde los jardines Victoria, en La Orotava

Día 3

En la tercera ruta decidimos ir por el camino contrario al día anterior: el noreste. El primer sitio que vimos fue La Orotava. Teníamos muchas ganas de estar allí y ver sus casas de colores y los jardines Victoria. No defraudó. Visitamos también el Museo de Artesanía y vimos la fachada de la Casa de los Balcones. Algo muy importante que hay que señalar son las cuestas. Para llegar a cualquier sitio de La Orotava tienes que subir una calle empinada, siempre. La parte positiva es que la vuelta es cuesta abajo y se hace sola. Otros lugares de interés son el Ayuntamiento y la Plaza de la Constitución. Comimos en el bar La duquesa, que también nos encantó y el trato, como en todos los sitios de la isla, fue excepcional.

Jardín en la entrada de la biblioteca de La Laguna

Seguimos en la misma dirección y llegamos a La Laguna. Esta zona también está llena de casas de colores, que resultan ser la base de las típicas ciudades de Latinoamérica, y con muchas casas señoriales. Mientras paseas también encuentras jardines por cada rincón. Quizá los monumentos más llamativos sean la catedral de San Cristóbal y la Plaza de la Concepción. Aunque lo que yo quería ver por encima de todo era la biblioteca. La entrada es preciosa, ya que tiene la estructura de una casa antigua, de las del patio en el centro, y es completamente de madera. Da una sensación de calidez que te invita sentarte durante horas a leer.

Anochecer en Santa Cruz, vista desde el puerto

Por último, nos dirigimos a la capital, Santa Cruz. Aquí notamos el cambio con respecto a los otros pueblos que habíamos visitado. Se nota mucho que es una ciudad importante. Estábamos acostumbrados a un paisaje con vegetación o casas bajas y chocamos con rascacielos y centros comerciales abarrotados. Sin embargo, no le falta encanto. Aparcamos en el centro comercial Nivaria (algo que recomiendo si vais en coche, ya que el aparcamiento es gratuito durante dos horas y en Santa Cruz es una odisea aparcar). Queríamos bajar al puerto y, por el camino, vimos el mercado de abastos y la Plaza de España. También hice una paradita en Solican, la librería solidaria de la que salí cargada de clásicos por un euro. Una vez abajo, anduvimos todo el paseo marítimo con el mar a la izquierda, mientras veíamos el ritmo frenético de la ciudad a la derecha. Llegamos al auditorio, un edificio gigantesco y con una estructura muy peculiar. Justo al lado, está el Castillo de San Cristóbal. En la zona del auditorio nos sentamos en el muro que da al mar y, cuál fue nuestra sorpresa, vimos que las rocas de abajo estaban pintadas con las caras de personajes famosos. Durante el resto del viaje, nos dimos cuenta que eso es algo habitual en Tenerife.

Día 4

Subida al Teide
Pico del Teide

Como vimos que este era el día más soleado de nuestra estancia, pensamos que era la mejor opción para visitar El Teide. Creo que acertamos de lleno, ya que apenas había nubes y, tanto en la subida como en el descenso, pudimos disfrutar de cada uno de los miradores que hay en la carretera. En cuanto a la experiencia en el volcán, no tengo palabras para describirla. A medida que te vas acercando sientes su presencia de tal manera que impone. Notas su energía y te queda claro que, si él quiere, todo se acaba. Subimos en teleférico (precio: 33 €) hasta la estación de La Rambleta, a poco más de cien metros del pico. A partir de ahí, puedes escoger una de las rutas que hay rodeando la cima del volcán. Nosotros elegimos la de Pico Viejo, en la que se puede observar todo el cráter del volcán del mismo nombre. El tamaño que tiene es sorprendente. Es una experiencia que hay que vivir en primera persona, para poder sentir que has coronado el pico más alto del país y oler a azufre como jamás en tu vida.

Cuando bajamos de nuevo, fuimos a comer a una venta de carretera llamada El Bamby, un buen sitio para coger fuerzas y la relación calidad-precio es buena. Después de comer fuimos a visitar los Roques García, un sitio que también teníamos muchas ganas de ver. Tengo que destacar que, a pesar de ser un sitio muy turístico, el Parque natural del Teide está muy bien conservado. No vi absolutamente nada de basura, se respetan los ecosistemas mediante cercados y, si no fuera por la gente de tu alrededor, parecería que ningún humano ha pisado ese lugar.

Roque Cinchado

Día 5

Parque rural de Anaga

No podría elegir un solo sitio como favorito pero, si me pidieran un top 3, el macizo de Anaga estaría dentro. Desde que estaba preparando el viaje, Anaga se convirtió en un indispensable. Había leído algo sobre un bosque encantado y, por supuesto, tenía que vivirlo en primera persona. Se trata de un parque rural situado al norte de la isla, por encima de Santa Cruz. Nada más empezar a subir, ya estás rodeado de bosque; dejas atrás las casas y comienzas a notar la oscuridad que provoca la espesura de los árboles. Es una sensación maravillosa. Una vez arriba, fuimos al centro de visitantes para conseguir información sobre los distintos senderos. Queríamos uno que no fuera muy largo, ya que teníamos que continuar con nuestra ruta por la isla. Así que nos indicaron que «el sendero de los sentidos» era el más adecuado. Se tarda unos cuarenta y cinco minutos en recorrerlo y merece mucho la pena. El final es el Mirador de los Loros y desde allí puede observarse la carretera llena de curvas, entre montañas, y el mar de fondo. No es una ruta de senderismo en sí, puede tomarse como un agradable paseo por el bosque y no tiene dificultad.

Mirador de los Loros

Cuando terminamos el sendero, bajamos por la carretera que habíamos visto desde arriba hasta llegar a la famosa Playa de las Teresitas. Es una playa artificial, con arena fina y en la que siempre hay gente. Teniendo en cuenta que era febrero, me sorprendió mucho ver a la gente bañándose y tomando el sol. Nosotros no íbamos a ser menos. No llevábamos bañador, pero por suerte habíamos dejado las toallas en el maletero del coche el primer día. Tardamos menos de cinco minutos en decidir que nuestro descanso iba a ser tumbados al sol. Eso sí, además de la compañía humana, teníamos la de las gaviotas que estaban al acecho y no tenían reparo en intimidarte para que compartieras tu comida. Almorzamos en el restaurante El Rubí, que está algo más alejado de la playa, pero tiene unos precios más razonables que los chiringuitos.

Playa de Las Teresitas
Palmetum

Como todavía nos quedaba toda la tarde, decidimos bajar de nuevo a Santa Cruz y ver algunas cosas que nos habían faltado. Visitamos el Palmetum, un jardín botánico especializado en palmeras que está construido sobre una montaña artificial hecha a partir de un antiguo vertedero. Es la mayor colección de palmeras de la Unión Europea y se mantiene sin fertilizantes ni pesticidas. La entrada cuesta seis euros y merece la pena ser partícipe de este proyecto sostenible. Está dividido en varias partes que representan las distintas partes del mundo y recrea sus ecosistemas. Tiene muchos lagos, riachuelos y miradores con unas vistas al océano que te quitan el hipo. Es un sitio para ir con tiempo suficiente para detenerse en cada parte y disfrutar.

Día 6

Playa de Las Américas

El sexto día estaba dedicado a recorrer las playas del sur. Desde mi punto de vista, esta zona no tiene nada que ver con el norte. La mayoría del turismo es extranjero y los restaurantes y zonas de ocio están dedicados a este tipo de visitante (me recordó a Marbella o Benalmádena). No tiene nada de malo, pero a mí me resultó más acogedor el norte de la isla. La primera parada fue en Las Américas, en el municipio de Arona. Allí colocamos nuestras toallas (ese día sí íbamos preparados con el bañador) y pasamos la mañana a remojo y tomando el sol. Después de comer fuimos a ver la playa de Los Cristianos, que está muy cerca de la anterior, y proseguimos nuestra ruta hasta La Tejita (Granadilla de Abona). Esta playa es la más bonita y la que tiene el paisaje más curioso. Siempre hace viento, por lo que hay unos semicírculos de piedra a media altura, en los que la gente se tumba para resguardarse del aire. Al fondo se aprecia la Montaña Roja, con su peculiar relieve.

Playa de La Tejita

Tengo que decir que me decepcioné un poco, ya que en todas partes describen la belleza de estas playas y a mí personalmente no me impresionó. Quizá sea porque vivo en el sur de España y mi «cultura de playas» está bastante trillada ya. Desde luego, las playas de Tenerife son preciosas pero, a excepción de La Tejita, no vi mucha diferencia con las de la parte oriental de Andalucía.

Día 7

Lago Martiánez
Rompeolas del Puerto de la Cruz

Llegó el último día y no queríamos irnos de este paraíso. Como teníamos que dejar el hotel por la mañana y el avión no salía hasta las nueve de la noche, no quisimos alejarnos mucho del norte. Por eso, dejamos la visita al Puerto de la Cruz para este día. Resulta que la zona en la que nos estábamos alojando es preciosa y nos enteramos el último día. Según nos explicaron en la oficina de turismo, está dividida en la parte pesquera (la antigua parte pobre, donde vivían los trabajadores) y la parte señorial. Cada una de las dos zonas mantiene su estructura y las construcciones de la época, por lo que se pueden apreciar muy bien las diferencias de clases. La parte del puerto es intimidante, con un rompeolas de roca donde se pueden ver algunas partes ya rotas por la fuerza del mar. Paseamos por toda la parte del Lago Martiánez, llena de restaurantes donde elegir y con muy buen ambiente. Por último, antes de irnos al aeropuerto, nos despedimos de la isla desde el Parque Taoro, en las alturas del Puerto y con unas vistas espectaculares, como las de todo Tenerife.

Vistas desde el Parque Taoro

Sin duda, recomiendo que visitéis Tenerife. No conozco las otras islas, pero os aseguro que esta es preciosa. Lo tiene todo y su gente es muy simpática. Lo que más me ha gustado de este viaje es que entre las idas y venidas de un sitio a otro, también he disfrutado. A veces el camino hacia el destino de la excursión puede ser tedioso, pero eso no ocurre en Tenerife. Puedes deleitarte con cada uno de los miradores, playas o bosques que te encuentras. Lo llaman el lugar de la eterna primavera… ¡y qué primavera!

Dos días en Jaén – Enero, 2020

La ciudad de Jaén, capital de la provincia homónima, es una localidad preciosa situada al norte de Andalucía. No es muy grande, así que es perfecta para una escapada de dos o tres días. Para visitar los monumentos y las calles principales, no es necesario el coche; la mejor opción es caminar y poder pararse en cada una de las iglesias que encuentras, cada callejón y cada fuente. Además, las calles son bastante estrechas y empinadas, lo que dificulta un poco conducir. Sin embargo, para subir a ver el Castillo de Santa Catalina, sí que hay que tener un vehículo. El camino puede hacerse andando, pero se tardarían alrededor de cincuenta minutos desde el centro (sobra decir que es todo cuesta arriba). Nosotros teníamos el hotel en el casco histórico, así que dejamos el coche en una calle más alejada de esa zona, para evitar el caos de aparcar en pleno centro. Nos alojamos en el Hotel Xauen, con una muy buena relación calidad-precio. La localización es estupenda (Plaza Dean Mazas) y dispone de una terraza-mirador con unas vistas espectaculares. Después de instalarnos y situarnos en el mapa, decidimos qué zonas visitar cada día.

Día 1

Lo primero que hicimos fue ir a la catedral; la teníamos muy cerca y el edificio es tan imponente, que resulta imposible no acercarse a echarle un vistazo. Vimos solo la parte de atrás y entramos a la cripta. En esta zona hay un jardincito, con algunos bancos y muchos árboles, en el que se puede disfrutar de una panorámica de la zona. Continuamos por una de las calles principales (o al menos para mí): la calle Bernabé Soriano. ¡Me he enamorado de ella! Siempre hay gente, da igual la hora, y está llena de cafeterías y bares, tiendas y escaparates curiosos. Si se baja por completo, con la vista hacia atrás se puede observar una postal espectacular de la catedral con el gran cerro detrás.

Después, paseamos por toda la zona de San Ildefonso: vimos la basílica, cuyos laterales me sorprendieron mucho, ya que en los muros exteriores había incrustadas grandes imágenes religiosas. Muy cerca de la basílica están el convento de Las Bernardas y la Puerta del Ángel. Desde ese arco, puede verse la entrada del Parque Alameda de Adolfo Suárez. Es un jardín precioso, enmarcado por la plaza de toros y el auditorio de la ciudad. También tiene un mirador, desde el que se ven las montañas jienenses, y «El olivo de Jaén». Un sitio muy agradable para pasear, sin duda. Jaén tiene varios parques, pero yo me quedo con este por ser el que está en mejor estado.

Una vez que llegamos al final y rodeamos el auditorio, decidimos buscar algún sitio para comer. Ya habíamos buscado e investigado en foros de viajes para saber cuáles eran los mejores bares y más económicos, de modo que ya teníamos algunos nombres que nos interesaban. De forma casual, nos encontramos con uno de ellos: El Cruce. Es un bar pequeñito pero con una terraza considerable. A pesar de estar en enero, no pasamos frío puesto que escogimos una mesa en la que daba el sol de pleno. Como en todos los sitios de Jaén, cada vez que pides una bebida, viene con tapa. La tapa la elige la casa, no el cliente. Si sois de buen comer no hay problema. Pero si sois algo más delicados, quizá pueda ser engorroso. De todas formas, siempre podéis pedir un plato de la carta. Recomiendo El Cruce porque las tapas, así como las raciones, son grandes y se come muy bien. En cuanto al precio, está en la media, unos diez euros por persona.

En torno a las 15:30 nos dirigimos en coche hacia el cerro, para visitar el Castillo de Santa Catalina. Podría decirse que es el monumento emblemático de la ciudad. Puede verse desde cualquier punto, así como la cruz que corona dicho cerro. Pero antes, hicimos una breve parada en un paraje recreativo, un bosque muy bonito donde se puede apreciar la vegetación de esa zona de montaña. Después, dejamos el coche en el primer aparcamiento y subimos andando hasta la fortaleza. Reconozco que el camino hacia arriba cansa, pero merece la pena por todo lo verde que vas viendo a tu alrededor. Guardo imágenes muy bonitas. Cuando llegas, merece la pena. El Castillo de Santa Catalina ha pasado por manos musulmanas, cristianas y hasta napoleónicas. A día de hoy, se conserva en muy buen estado y la organización de la visita no tiene puntos negativos.

La entrada cuesta 3,50 € y en la taquilla te explican cómo hay que hacer el recorrido. Aunque la visita es libre, gracias a estas indicaciones te fijas más en los detalles para no perderte nada. Cada una de las torres tiene algo interesante, desde salones nobles hasta cárceles u hospitales franceses. Pueden verse incluso las letrinas de la época. Sin embargo, lo más espectacular son las vistas. Desde la torre más alta, pueden verse los otros pueblos de la provincia de Jaén, las sierras colindantes, la campiña cordobesa y el antiguo camino hacia Granada. La ciudad se percibe como si fuera una maqueta. Asomarse desde ese muro deja a una sin aliento. Al salir del castillo, se puede caminar hasta la Cruz, donde hay otro mirador desde el que apreciar todo Jaén.

Una vez terminada la visita al castillo, ya de vuelta en el centro, merendamos en un sitio muy especial para mí: Entre cuentos y café. No tenía ni idea de que existía esta cafetería literaria allí. Es un lugar lleno de colores y libros; tiene páginas de cuentos enmarcadas, murales de Alicia en el país de las maravillas y además se comen unos churros con chocolate exquisitos. Si vais, entrad aunque solo sea para un café y poder ver cómo está decorado. Al final de la tarde, seguimos paseando por los alrededores de la catedral; me sorprendió lo empinadas que están la mayoría de las calles y lo estrechas que pueden llegar a ser. Como colofón, cenamos pizza en la Pizzería Da Ernesto, una buena opción si os gusta la cocina italiana. No es muy caro y la comida está bastante bien.

Día 2

El domingo nos levantamos dispuestos a ver todo lo que nos quedaba. Nos dirigimos a la oficina de turismo y, muy amablemente, nos indicaron cuál era la mejor ruta a pie para verlo todo y no dejarnos nada  atrás. Por la calle Maestra y la siguiente, Martínez de Aguilar, es el camino más adecuado para llegar al Palacio de Villardompardo.

Construido en el siglo XVI sobre unos baños árabes, hoy se ha convertido en un centro cultural, un museo de artes y costumbres lleno de exposiciones con pinturas, esculturas, utensilios antiguos y maquetas de épocas pasadas. Es otro de los lugares que no te puedes perder de la ciudad; hay que reservar un par de horitas para visitarlo tranquilamente. Y lo mejor de todo: la entrada es gratis. El edificio tiene varias plantas y la recepción está en la del medio, así que recomiendo bajar hasta el sótano y empezar el recorrido desde abajo para así poder verlo todo. Como he dicho antes, en los cimientos se encuentran los Baños Árabes, que resultan ser los más grandes de España. Me sorprendió ver lo bien conservados que están.

Pueden visitarse las tres salas: fría, caliente y templada; además, hay una sala con el suelo de cristal donde se pueden apreciar muchos restos de otras dependencias. En las plantas superiores, con salas organizadas por temáticas, se pueden ver en primera fila instrumentos antiguos de labranza, del cultivo del olivo, panificadoras, vehículos, trajes típicos de la zona en la Edad Media, juguetes y material de escritura y lectura. Eso sí, hay que ir siguiendo el orden de las salas y con cuidado de no saltarse ninguna, ya que hay muchas. En más de una ocasión, tuvimos que volver sobre nuestros pasos para comprobar si habíamos visto o no alguna de ellas. Cuando salimos del palacio, continuamos por la misma calle que nos habían indicado en la oficina de turismo y llegamos hasta la zona de La Magdalena. Allí puede contemplarse el famoso lagarto en la fuente, en homenaje a la antigua leyenda del lagarto gigante (un dragón, más bien) que aterrorizó a los habitantes de Jaén en el siglo XV. Unos pasos más y llegamos a la Iglesia de la Magdalena, situada a pocos metros del Hospital San Juan de Dios y el convento de Santa Úrsula.

Después, continuamos recorriendo las calles de alrededor para llegar hasta La Judería. Yo tenía especial interés en esta zona e iba con las expectativas muy altas, así que, como suele pasar siempre en estos casos, quedé un poco decepcionada. El barrio no era lo que yo esperaba; se trata de un conjunto de calles muy estrechas y laberínticas, llenas de pintadas. Los únicos resquicios del barrio judío de antaño son el candelabro y la Plaza de los Huérfanos. Al volver al centro, vimos de pasada el mercado de abastos, que también me habría gustado visitar pero era domingo y estaba cerrado.

El lugar elegido para nuestra última comida jienense fue el bar Del Posito. Es una pequeña tapería situada en una plaza muy acogedora. Mi opinión es la misma que la de los demás sitios: todo genial. La comida muy buena y el precio súper asequible. La verdad es que le pongo un diez a la hostelería y restauración de esta ciudad. Siempre encuentras sitio en cualquier bar, los trabajadores son amables y serviciales y la comida, deliciosa. Para terminar, decidimos caminar por todo el Paseo de la Estación, una avenida enorme, hasta llegar a otro parque. Por el camino, vimos los dos museos: el Municipal y el Íbero, que han sido mis dos grandes pendientes a causa de los horarios. Sin duda, tengo que volver a Jaén para visitarlos. También pasamos justo por el lado del centro comercial y del Parque de la Concordia, un lugar ideal para descansar y sentarse en un banco al solecito. Justo al final de la avenida, se encuentra la Plaza de Jaén por la Paz y el Parque Bulevar Juan Pablo II. Para tratarse del parque más grande de la ciudad, está bastante deteriorado. La zona está construida en tres niveles diferentes, tiene una parte infantil, un mirador y un bar con terraza. Pero la verdad es que no está muy cuidado y no resulta vistoso.

En nuestro camino de vuelta al coche, para despedirnos en condiciones de esta maravillosa ciudad, hicimos una parada en la Cafetería La Vida. Es un rinconcito con unas tartas riquísimas y una pared llena de estanterías para intercambiar libros. Me pareció una bonita manera de decirle adiós a Jaén y volver a casa con un buen sabor de boca y, sin duda, sorprendida. La capital jienense es un lugar que merece mucho la pena y creo que está algo olvidada con respecto a las demás capitales andaluzas. Nuestra tierra tiene una belleza particular y está llena de cultura, así que debemos visitar todos y cada uno de sus rincones. Gracias, Jaén. ¡Volveremos!