La entrada de este jueves va a ser la más personal. Me gustaría contaros un poco cómo me topé con este mundillo y cómo he evolucionado. Recuerdo que comencé a interesarme por el mundo de la traducción cuando tenía catorce o quince años. Desde entonces, supe que quería formarme como traductora y trabajar de ello. Pero la verdad es que no conocía nada acerca de ese mundo, ni su repercusión, ni las diferentes variedades de traducción que existían. Cuando llegué a la carrera, los dos primeros años fueron una transición un poco extraña, tenía los medios delante pero no sabía muy bien de qué iba la cosa. Pero el penúltimo año, descubrí mi pasión, gracias a una asignatura llamada «Traducción Humanística».

La materia consistía en traducir desde textos humanísticos, hasta poemas y novelas. Entonces, sin darme cuenta, me estaba interesando cada vez más y más. Buscaba los fragmentos que nos daba el profesor, para saber a qué obra pertenecían. Contrastaba con las traducciones que ya existían y las comparaba. Además, lo disfrutaba muchísimo. Había encontrado, por sorpresa, una parte de «mi futuro trabajo» que se relacionaba directamente con una de mis mayores aficiones: la lectura. El maravilloso hábito de leer me lo enseñó mi padre desde bien pequeña y, la verdad, es que nunca me pareció tedioso o aburrido. Eso sí, no soportaba las lecturas impuestas por el colegio. Jamás he entendido por qué no daban una lista de opciones para elegir y que cada alumno desarrollara su gusto por la lectura de manera independiente.

Pero volvamos al centro de la cuestión. Cuando me gradué, me fui a vivir al extranjero durante un tiempo y, mientras tanto, pensar qué hacer o cómo continuar con mi carrera. Sabía perfectamente que la traducción que da de comer es la técnica (o especializada) y, con muchas posibilidades, la que tiene que ver con la informática y las páginas web. Pero nunca me había llamado la atención. Yo quería traducir libros. Así que, contra todo lo que me decía mi cabeza (la traducción literaria es la peor pagada y la más ingrata de todas las traducciones del mundo) estudié un Máster en Traducción Literaria y me especialicé. Y no me arrepiento de nada. Lo disfruté mucho y sigo haciéndolo a día de hoy. Eso sí, al menos por ahora, no ejerzo de traductora. Tengo un trabajo relacionado con los idiomas, pero nada que ver con la traducción.

Sin embargo, si me preguntaran si lo estudiaría de nuevo, mi respuesta sería afirmativa. De hecho, sigo formándome, investigando, haciendo cursos. No me he separado de la traducción ni por un momento. Así a todos aquellos que estén dudando, los animo. Haced lo que os haga felices aunque el resultado no sea inmediato. La vida es una carrera de fondo. Es posible que solo nos llevemos lo aprendido (que ya es mucho), pero también cabe la posibilidad de que algún día veamos nuestro nombre en la portada de un libro.