Reseñas de traducciones IV – «El retrato de Dorian Gray», una edición poco meticulosa

Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray); traducción del inglés realizada por Benjamin Briggent, Barcelona, Plutón, 2010, (Eterna), 285 pp., 978-84-15089-16-2

Imagen: Plutón Ediciones

El retrato de Dorian Gray se publicó en 1890 y es la única obra en forma de novela que escribió Oscar Wilde. Fue un libro controvertido y una auténtica provocación en su época. Oscar Wilde (Dublín, 1854­-París, 1900) escribió novela, poesía y teatro; sin embargo, destaca sobre todo como dramaturgo. Es un conocido representante del esteticismo y de la doctrina del arte por el arte. Siempre fue muy crítico con la moral de su tiempo; tanto la temática de sus obras como su supuesta homosexualidad lo mantuvieron siempre en el punto de mira. Incluso, en 1895, fue condenado a trabajos forzados por conducta indebida y sodomía. Durante su estancia en la cárcel, su esposa cambió su apellido y el de sus hijos, cortando toda relación con Wilde, pero nunca llegaron a divorciarse. Así pues, los descendientes vivos del autor no lo llevan reflejado en su nombre. Otras de las obras más conocidas de Wilde son El fantasma de Canterville (1887) y La importancia de llamarse Ernesto (1895), cuya traducción del título al español sigue siendo polémica a día de hoy. En El retrato de Dorian Gray se puede observar una crítica clara a la sociedad inglesa del momento, pero, sin duda, lo más importante es cómo el autor desarrolla el tema del narcisismo y el hedonismo, el placer como fundamento de la vida.

La novela tiene lugar en la Inglaterra de finales del siglo XIX. Nos cuenta como el pintor Basil Hallward se obsesiona con la belleza del joven protagonista, Dorian Gray, y lo idealiza hasta tal punto que se convierte en la inspiración de su arte. Decide pintar su retrato y, cuando lo acaba, Dorian queda extasiado por la hermosura del mismo, dándose cuenta de su propia belleza. A causa de la influencia de lord Henry, un amigo en común que tiene con el pintor, se obsesiona y comienza a sentir celos porque él envejecerá mientras que el retrato permanecerá impasible, joven y bello con el paso del tiempo. Así, por culpa de una especie de plegaria inconsciente, el retrato se convierte en el reflejo de su alma. El cuadro comienza a revelar las marcas del envejecimiento y de las malas acciones de Dorian, mientras que él conserva siempre la misma apariencia y juventud que cuando Basil lo pintó.

Como he comentado más arriba, el autor utiliza los diálogos de sus personajes para criticar sin ningún reparo la política, las costumbres y la falsedad de su época. También es un análisis agudo del narcisismo en la personalidad de Dorian, al que solo le importa su bienestar y no se lo piensa dos veces a la hora de utilizar su belleza para su propio beneficio. Creo que estos ingredientes la convierten en una novela excelente e ingeniosa. Por otro lado, es necesario hacer una mención especial a lord Henry Wotton, que se ha convertido, sin duda, en uno de mis personajes favoritos. En sus intervenciones durante la novela, aporta grandes lecciones sobre la belleza y el arte, llevando la filosofía del hedonismo por bandera y siempre ético y fiel a sus principios (aunque estos no sean precisamente buenos). Una de sus mejores frases: «La humanidad se toma a sí misma demasiado en serio y éste es el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la Historia habría sido muy diferente». Para mí, lord Henry es el personaje que está mejor construido, por encima incluso del protagonista. Otro rasgo que hay que destacar es la relación entre Basil y Dorian Gray. Durante el libro se habla de la «idolatría» que siente el pintor hacia el protagonista, sin embargo, lo que se da a entender es amor, llegando a rozar la obsesión. Cuando Oscar Wilde fue juzgado, se leyeron, a modo de acusación, pasajes de esta obra que contenían diálogos entre Basil y Dorian.

En cuanto a la edición en concreto, es del año 2010, pero se trata de una reimpresión realizada en 2015. Pertenece a la serie Eterna, de Plutón, por lo que la cubierta sigue la misma línea que todas las obras de esta colección: un color sobrio, junto con la imagen del protagonista mirando su retrato. En lo que se refiere a la estructura, el índice está al final y se compone de veinte capítulos. Están muy bien relacionados, aunque algunos tienen un ritmo de narración demasiado lento y pesado.

En España se han publicado 152 ediciones de la obra; la primera, en 1918. La que estamos analizando aquí está traducida por Benjamin Briggent, traductor del que ya hemos hablado en otra ocasión, en la reseña de El caso de Charles Dexter Ward. Es un traductor habitual en Plutón Ediciones, tanto de novelas de terror como de clásicos de la literatura. No obstante, en esta ocasión hay que señalar que el resultado no es el que esperaba. La traducción es pasable, pero el estilo es pésimo. Para mí ha sido un poco confuso, porque he leído otras obras traducidas por Briggent, incluso de la misma editorial, y jamás he notado algo así. En mi opinión, es el resultado de la falta de una revisión final que corrigiera y puliera la expresión y el estilo. Hay errores importantes de redacción, además de un número considerable de erratas. Se hace un uso extraño de la sintaxis durante los diálogos de los personajes, pero que se disimula en las partes del narrador, que tiene mayor fluidez. También se mezclan mucho los tratamientos de la segunda persona: un mismo personaje puede tutear a otro y, en la misma frase, hablarle de usted. Comprendo que adaptar el inglés de la época victoriana, mucho más pomposo que el actual, a un español semejante no debe ser fácil, pero eso no debe tomarse como excusa para la gran cantidad de calcos que contiene el libro: uso abusivo de los adverbios acabados en -mente, repeticiones infinitas de los pronombres personales, el orden extraño dentro de las frases, etc. Como conclusión, la edición está bastante descuidada. Obviando este punto negativo, la novela es estupenda y animo a la editorial a sacar una reedición donde estén corregidos esos pequeños fallos, que a veces resultan tan molestos.

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